Opinión

11/02/2008
ampliar
El Severo Ochoa de Madrid viene siendo noticia en los corrillos estos días por la denuncia anónima de al menos 400 muertes provocadas por sedación. Sin embargo, ni este centro clínico ni ningún otro del que yo tenga noticia, sale en la prensa por ser el primero en tratar una epidemia que al día de hoy está mucho más extendida y entiendo mucho más problemática. Estoy hablando de la opiniomanía, esa patología de la que desconozco su cronología, pero que bien podemos decir que consiste en el ansia frenética por opinar de todo sin necesario conocimiento alguno del tema del que se opine o, mejor dicho, casi con obligada publicidad por parte del opiniómano de su completa incapacidad y desconocimiento del tema que trata.

“No soy experto en medicina..”, así es como comienza a hablar el opiniómano para captar la benevolencia del público que lo escucha y así lo entroniza, formando un corpus con él que tiene su mismos síntomas ya descritos, que de ahora en adelante llamaré opiniomanía pública, y que no es otra cosa que lo que conocíamos hasta ahora como opinión pública o de masa.

Enfermo está el opiniómano de opiniomanía, pero lo está tanto la sociedad que lo acepta casi como natural necesidad, del mismo modo que está enfermo el cuerpo de médicos de la sanidad pública que esta situación no detecta.