Nada(l)

29/06/2009


No existe un solo deseo que no persiga la autodestrucción. Hay 2 casos actuales que de manera flagrante lo ejemplifican.

El primero es el de ese muñeco de vudú de 51 kilos, horadado por las agujas para conjurar al paso del tiempo, que se murió el otro día tratando de robarle la identidad a Michael Jackson.

El segundo el de ese balear que muere lentamente haciéndonos creer que se trata del mismo Rafael Nadal.

Ambos han fundado su carrera en la destrucción total de su cuerpo sin una finalidad conocida.

Ignoro por qué el primero se convirtió en otro y además al mundo le pareció bien.

También ignoro por qué quiere engañarnos ése que dice que es Rafa Nadal. Porque Rafa Nadal fue un chico que de joven, español para más señas, ganó muchos torneos, tantos como ningún otro. Los suficientes como para hacerse al instante viejo. Pero quien arrastra sus maltrechas y mallorquinas rodillas tratando de conseguir más veces los mismos objetivos, y no sé muy bien por qué, no es Rafael Nadal. Es otro. Es ya un nadie a la sombra de sí mismo. Una nada totalmente aburrida y repetitiva.

Quienes consiguen sus objetivos, esto es, ser los mejores del mundo en cualquier cosa, deberían retirarse modernamente a trabajar en la India o en Camerún. Poco me importa si cobrando o no. No se trata de una cuestión monetaria. Hablo de una supevivencia más allá del dinero, que más tiene que ver con la experiencia del nombre que con la vida misma.

Nuestros nombres sobreviven en los demás independientemente de nosotros y de nuestros sueldos. Lo que muchos de nosotros llamamos vida se resume en una amarga lista compuesta entre otras por la codicia, la soberbia y la ostentación.

La autodestrucción no es otra cosa que el final del camino.
Y a veces, querido Rafa, el camino mismo.