Campos

02/07/2008


Las campañas publicitarias de Amnistía Internacional suelen estar bastante curradas. Os he puesto una de las imágenes más impactantes que como supondréis hace referencia a los derechos humanos en el país que va a albergar las próximas olimpiadas. Debajo del todo hay un enlace para que veáis unas cuantas.

El leitmotiv de la campaña no es otro que el de ilustrar prácticas que vulneran estos derechos en escenarios simbólicos de las diferentes disciplinas de una olimpiada. Aquí es donde va mi felicitación para quienes han ejecutado la campaña, porque han logrado fusionar a la perfección en estos fogonazos visuales la realidad y la ficción.

Quiero decir con esto que normalmente son los espacios dedicados al deporte los elegidos para vulnerar de manera flagrante y basuresca los llamados derechos humanos y fundamentales. Quizá la agencia que se ha encargado de estas campañas podría haberse ahorrado una pasta en actores, escenografía, luminotecnia, aparatos fotográficos de alta definición y retoque final de haber asistido a cualquier ejecución de las llevadas a cabo en campos de fútbol de ese país.

En nuestra retina, si es que tenemos algo de memoria, han tenido que quedar impresas imágenes como ésas, lo mismo que las de improvisados campos de refugiados en el césped de los campos de fútbol de Italia ante las masivas llegadas de albaneses a principios de los años 90.

Los días de fútbol vividos en este pasado mes de julio mucho nos tendrían que dar para la reflexión. Ese césped de los campos, trillado por los tacos de excepcionales y seleccionadas piernas multimillonarias, acogen a veces de manera excepcional a multimillones de seres humanos hacinados en ellos, seleccionados cuidadosamente por los guantes de látex de las fuerzas de seguridad.

Los primeros se dejan el sudor en el campo, los segundos se dejan mucho más, la orina, la sangre, la caca, incluso la vida. Tremenda paradoja es que quien mucho más se deja en el campo no tiene nunca mejores, iguales o parecidas retribuciones dinerarias.

Es la paradoja del campo, el único lugar de la completa excepción.

Es la paradoja del refugiado, símbolo de la completa excepción a la vida y de ahí su estatuto de fantasma, de sin papeles, de nadie. Y como no es nadie, cuando muere, o cuando mueren millones de nadies, pues nunca pasa nada.